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Trayectoria

Sobre mí

Nací en Rosario el 7 de octubre de 1956, en el seno de una familia en tránsito que, por entonces, habitaba el Barrio Refinería. En aquella casa de calle Junín al 300, frente al gran paredón de los talleres ferroviarios, transcurrieron mis primeros 4 años de vida, y vi nacer a mi hermano Jorge, dos años menor.
En 1961, por el trabajo ferroviario de mi padre, toda la familia se trasladó a la ciudad de Gálvez, en el centro de la provincia. En esta ciudad viví mi niñez y adolescencia, cursé la educación primaria y secundaria —de la que egresé como bachiller con orientación docente y disfruté de los juegos de infancia en el club Atenas, de los veranos de voleibol y pileta en Jorge Newbery y del Basquet en Ceci.

Pero no todo era juego: mis padres se esforzaban enormemente por garantizarnos un futuro a mí y a mi hermano. Con la certeza de que la educación era el reaseguro, nos impulsaban a aprovechar las múltiples ofertas de la ciudad. Así, al tiempo de escuela, juego y deportes, se le fueron agregando alternativamente las clases de piano, guitarra, danza, e inglés.

Nelso, mi padre, hijo de un agricultor italiano afincado en Casilda, trabajaba en el ferrocarril hasta las cinco de la tarde, y luego comenzaba su segunda jornada laboral en el pequeño taller de radio y televisión que instaló en el garaje de la casa. Contaba con una notable inteligencia práctica e interés por la tecnología. Eso le valió su puesto de inspector de telecomunicaciones del Ferrocarril Mitre y, promediando su vida, le dio soporte a la necesidad de mayor bienestar para la familia.
Obtuvo su tecnicatura en radio y televisión luego de infatigables viajes a Rosario y se consagró héroe familiar al proveernos de uno de los primeros televisores del barrio, armado con sus propias manos. En esos tiempos de vecinos como familia, el televisor nos reunía a todos- grandes y chicos- a ver los programas favoritos después de la cena.

La imagen de mi padre, volviendo casi de madrugada en el “Estrella del Norte”, sus horas de estudio dibujando circuitos y válvulas en el cuaderno de tapa dura, las charlas sobre frecuencias de onda magnética, la aventura de verlo subido a las antenas altísimas de pueblo; la vivencia contagiosa de su identidad ferroviaria y sus jornadas de trabajo de más de dieciséis horas – por las que no se quejaba y a las que nunca faltaba – son huellas imborrables de mi niñez y adolescencia.

Elena, mi madre docente sin ejercer y modista en épocas de crisis, siempre se las arreglaba para recibirnos en la seguridad del hogar con aroma a salsas burbujeantes y a torta recién hecha. Un hogar con anécdotas de su infancia y juventud porteñas de su afinidad por el teatro, la buena música y la lectura, con recuerdos de su filiación riverplatense que contagió a toda la familia de los colores rojo y blanco.

De esa, su juventud capitalina, guardaba una pequeña pero riquísima biblioteca que me permitió leer los primeros clásicos y despuntar mi amor por los libros y las historias bien contadas. Tal vez, junto esa eterna nostalgia por la ciudad perdida mi madre me contagiara también su rebeldía contra la mediocridad y la injusticia que orientaron mis decisiones posteriores.

Mis padres no habían cursado más que los primeros pasos de un secundario, pero fueron haciendo camino en una Argentina donde siempre había algo que aprender. Aprender y salir adelante dignamente eran las consignas de ese pueblo mixto, de criollos, de inmigrantes y sus descendientes, que guardaban en la memoria familiar el horror de la guerra, el hambre y la dicha de habitar una tierra que permitía construir futuro.

Por esta visión de futuro, nosotros, sus hijos, fuimos a la que ellos creían la mejor escuela. Y era buena la escuela recién fundada. Particular, pero de pueblo. Con cuota baja y flexible, en la que podían convivir los hijos de profesionales con los de trabajadores sin que la diferencia fuera otra que la marcada por la responsabilidad y el estudio. Como eran todas las escuelas en esa época en que la Argentina se acercaba mucho a la igualdad.

Allí cursé la escolaridad primaria y el secundaria, con monjas más preocupadas por enseñar a pensar que a rezar. Allí también di los primeros pasos para transformar esa rebeldía adolescente en acción, guiada por adultos sólidos que dialogaban, escuchaban y ofrecían canales para que el impulso juvenil se concretara en creación.Entre otras muchas experiencias, comencé a transitar la política desde el primer centro de estudiantes, del cual fui fundadora. Aún hoy esa escuela de los setenta sigue alumbrando mi manera de entender la educación y mi convicción de que es posible promover todas las formas de la inteligencia si se parte del respeto y el afecto por la tarea de educar.

Construir futuro. Salir adelante. Con esa idea, y gracias al tren que unía Gálvez con Rosario, con pase libre de hija ferroviaria y valija llena de milanesas para toda la semana, partí sin dudarlo a estudiar Derecho y Ciencias Políticas. Pero 1975 era ya preludio de la noche siniestra, y la universidad no era segura para una adolescente con más inquietudes que precaución.

La alternativa temporaria fue la Educación Física. Lo temporario se transformó en pasión, aprendizaje permanente y profesión. Desde la docencia y con el retorno a la democracia, volví a la política, que hasta hoy sigue siendo mi gran pasión y mi otra gran herramienta para que esa rebeldía, aún viva y motorizante, sea siempre transformadora.

Trayectoria 2

Sobre mi experiencia política

Actualmente soy directora de la Escuela de Formación Política del Partido Socialista de Argentina (PS). Fui diputada de la Nación por la provincia de Santa Fe (2012-2015) y en mi paso por la administración pública me desempeñé como Ministra de Educación de la Provincia de Santa Fe (2007-2011), Secretaria de Promoción Social de la Municipalidad de Rosario (1995-2001), directora de Relaciones Internacionales de la Municipalidad de Rosario (2001-2003), y presidenta de la Comisión Administradora del Fondo de Asistencia Educativa de Rosario (FAE).